miércoles 11 de marzo de 2009

El candado

Él tenía un candado, pero era un candado poco común: su candado se cerraba y se abría con la presencia de agua fresca. Para abrirlo, sólo bastaba acercar un cuenco de agua fresca a su mecanismo y el candado se abría con placer. Para cerrarlo, bastaba con alejar el cuenco de agua o dejar que el agua se pudriera un poquito.

Él lo usaba para encerrar sus sueños, sus deseos, sus anhelos y sus aspiraciones.

Un día se aburrió, y lanzó el dichoso candado al río.

1 comentarios:

Cao dijo...

Uhm... entiendo el punto, curioso aunque algo falto de sabor