Él tenía un candado, pero era un candado poco común: su candado se cerraba y se abría con la presencia de agua fresca. Para abrirlo, sólo bastaba acercar un cuenco de agua fresca a su mecanismo y el candado se abría con placer. Para cerrarlo, bastaba con alejar el cuenco de agua o dejar que el agua se pudriera un poquito.
Él lo usaba para encerrar sus sueños, sus deseos, sus anhelos y sus aspiraciones.
Un día se aburrió, y lanzó el dichoso candado al río.
Él lo usaba para encerrar sus sueños, sus deseos, sus anhelos y sus aspiraciones.
Un día se aburrió, y lanzó el dichoso candado al río.



1 comentarios:
Uhm... entiendo el punto, curioso aunque algo falto de sabor
Publicar un comentario en la entrada